Fórmulas repetidas en la industria literaria: lo bueno y lo malo
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La industria literaria (como cualquier otra industria realmente), funciona en gran medida a través de patrones que ya han demostrado ser eficaces. Hay fórmulas narrativas (estructuras de trama, tipos de personajes, ritmos concretos o incluso etiquetas de género) que existen precisamente porque funcionan, porque conectan con los lectores y porque permiten que una historia sea comprensible, accesible y comercialmente viable. En ese sentido, yo no creo que las fórmulas no son el enemigo. Son herramientas. Atajos narrativos que facilitan la entrada al lector y que, bien usadas, pueden convertirse en un lenguaje compartido entre autor y público.
El problema aparece cuando la fórmula deja de ser un punto de partida y se convierte en un fin en sí mismo. Cuando una historia se construye únicamente para encajar en una etiqueta, cumplir una expectativa concreta o reproducir un esquema que ya ha triunfado antes, el resultado suele ser una obra correcta… pero vacía. Técnicamente es funcional, sí, pero le falta lo que siempre digo: alma. Es como un contenedor sin contenido. Muchas novelas actuales no fallan por mala escritura, sino por exceso de previsibilidad: el lector reconoce demasiado pronto el camino que va a recorrer, y con ello se pierde una de las grandes virtudes de la lectura: la sorpresa, la incomodidad, la sensación de estar descubriendo algo genuino.
Pese a ello, tampoco se puede ignorar el valor práctico de las fórmulas, especialmente para autores noveles. Ayudan a estructurar, a no perderse, a entender qué espera el mercado y cómo funciona la narrativa a gran escala. El riesgo está en quedarse ahí. En no cuestionarlas. En no preguntarse qué parte de esa fórmula sirve realmente a la historia que queremos contar y qué parte responde solo a una inercia comercial. Las fórmulas son útiles cuando se dominan, pero son limitantes cuando se obedecen sin reflexión.
Quizá el equilibrio esté en usarlas como lo que son: mapas, no destinos. Conocerlas, entenderlas y decidir conscientemente cuándo seguirlas y cuándo romperlas. Las historias que perduran no suelen ser las que encajan a la perfección en una fórmula, sino aquellas que la respetan lo justo para poder darle la vuelta. La industria necesita fórmulas para sostenerse, pero la literatura, en cambio, avanza cuando el autor se atreve a desviarse de ellas y asumir el riesgo de contar algo con voz propia.